5/28/2010

Sin sentido


Hoy mi vida ya no tiene sentido. No sé si debo dar las gracias por haber llegado hasta la fecha de hoy. Creo que el objetivo de mi vida está cumplido. Estoy en las postrimerías de mis días y nada puedo hacer para evitar el final, pero bien que me hubiese gustado adelantarla algún hace algún tiempo. Siento que mi vida se va apagando como la llama agonizante de una vela. Y nadie de mi alrededor lo ve, pero es algo que solo lo sabe uno. Mi vida, esta triste y ya nada puedo hacer por ello. Es una muerte interna: de sentimientos.

Mi vida externa muestra los signos normales de mi edad, que no es ni mucha ni demasiada, solamente la justa, pero no la necesaria para estar en la situación que yo me encuentro. Tengo las caderas ensanchadas a causa de tres maternidades que en su momento me hicieron ver la luz de esta vida de otra forma. ¿Quién me iba a decir que el alumbramiento de mis hijos me otorgase una mayor luz en esta vida? Los pechos han perdido la firmeza de una juventud que un día tuve, hoy están caídos, agrietados y rugosos como una manzana. Los seres que han mamado de ellas no son conscientes de que mi existencia está a punto de caducar, ellos van a lo suyo. Mi pelo ya no es negro, ni rubio, ni tinte alguno soporta, hoy lo tengo áspero y grisáceo y al estilo garcon.
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La alegría que “ayer” tuve jamás volverá. Me gustaba y me gusta –pero ya no puedo- vestirme de alegres colores, pero hoy apenas llevo ropa alguna sino un camisón de franela. El perfume fue otro complemento que jamás falto en mi vida pero cuando la enfermera me asea me arroja colonia barata con un spray para ahuyentar los olores que desprenden mi edad.

Hoy que apenas puedo articular palabra, estoy postrada en una cama. Hablo para mí, porque nadie me escucha. Como motor de mi vida están mis ojos, pero ya se han cansado de mirar las paredes de esta habitación, blancas, frías y solitarias. La ventana queda muy lejos de mi vista y lo escaso que puedo ver es la pared de otro bloque anexo a este. Y me quiero ir de esta vida a pesar de no haber tocado fondo, pero hay hechos que sin buscarlos vienen y te dejan así, como me han dejado a mí, con vida pero muerta, inerte ¿para qué vivir sin vivir?

Me voy. Doy por terminada la película de mi vida. Me voy porque yo quiero, ya lo considero necesario. Ya comienzo a ver esa luz blanca al final del túnel, los hechos mi vida pasan rápidamente por mi mente, están rebobinando la película, ya me voy. Ya me voy. No apaguen la luz. Que ya me voy. No es necesario que permanezca aquí.


© Miguel Urda.

5/19/2010

Realidades paralelas


Odiaba estas cosas, que la hubiese llamado así de pronto, la fastidiaba. Ya tenía sus planes hechos, pero una compañera suya había tenido un accidente y ella estaba como reserva. Eran cinco días solamente, pero eran muy intensos; prisas, para arriba, para abajo, comer en la calle, etc. Lo peor llegaba después cuando estaba en casa con muchas horas de trabajo por delante.

Cogió una postura cómoda, se colocó las gafas y con bolígrafo en mano comenzó a leer:

“María se despertó empapada en sudor. La eterna idea de estar sola otra vez le atormentaba. Después de dar una vuelta en la cama se levantó, salió al balcón y se fumó un cigarrillo. Le costaba pensar que habría sido un simple juguete para él”.

Solamente había leído tres líneas, las suficientes para poder desconcentrarla de su lectura, apartó a un lado los papeles, que tenía encima de su regazo, se levantó, buscó un cigarrillo en su bolso, a la par que las cerillas o un mechero, intentando no hacer ruido, en silencio, para no despertar a su marido. Cuando tuvo ambas cosas en la mano salió a la terraza a fumar el cigarro. Casi que parecía repetir los mismos movimientos y sentimientos que la protagonista de los papeles que estaba leyendo. Se pudo a recordar y sin esfuerzo alguno le vino el recuerdo y aunque había pasado mucho tiempo, cada vez que le venía a la memoria, éste le provocaba un sabor amargo.

Siempre pensó que fue un juguete para él, pero ella no fue engañada a la relación. Él le dijo: ¡No te enamores de mí, por favor! causo mucho daño a quién lo hace.

Nunca pudo comprobar con total veracidad si decía la verdad o no. Un coche que conducía a gran velocidad le atropelló dejándolo muerto al instante, provocándole el dolor y la duda de por vida. Ha pasado mucho tiempo de aquello. María, -cuyo nombre coincidía con el de la protagonista que coincidencia el mismo nombre que la protagonista, parecían vivir “realidades paralelas”, recuerda con mucha frecuencia aquel noviazgo, más bien motivada por saber si era verdad lo que decía o porque realmente comenzaba a notar algo intrínseco por él.

Sé dio cuenta que el cigarro llevaba un tiempo apagado entre sus dedos. Suspiró y pensó para sí misma: ¡cuantas vueltas da la vida! Regresó al salón y retomó la lectura de exámenes de literatura. Nunca le gustó ser tribunal de selectividad.



© Miguel Urda

5/06/2010

Hoy...

Hoy, hace cuatro años, una llamada de teléfono de escasos segundos cambio mi vida provocando un giro de 180º. ¡Cuántas cosas me han pasado desde este día, que marco un antes y un después para mi! Con la experiencia que me ha dado el transcurrir del tiempo he aprendido a no vivir aferrado al pasado, pero hay hechos que de forma obstinada te hacen revivir el ayer y lo mejor es afrontarlo, analizarlo, dejarlo suelto el tiempo que requiera y por si mismo volverá a su sitio en la caja del recuerdo de nuestra memoria. Afronto este día con algo de miedo o mejor dicho de respeto pues fue el detonante para que pudiese ser yo mismo y empezar un nuevo futuro.

Una vez que tuve resuelto el tema laboral y otras cuestiones me fui a cumplir el sueño de mi vida: vivir en Canadá. Pero no siempre los sueños se cumplen como los soñamos. El tiempo que estuve allí fue una experiencia inolvidable pero había hechos dentro de mí que no me dejaban disfrutar de mi estancia allí. A mi regreso pensé que me había equivocado, sin embargo tras la serenidad que otorga el reposo del tiempo, me he dado cuenta de que no fue así, que no fue un error, sino que no estaba preparado para ello, llevaba demasiadas cosas acumuladas en mi mente que no había asimilado o encajado. La vida, entonces, me mostró su cara menos agradable, demasiadas cosas negativas para llevarlas por mí solo: pilares básicos que yo tenía por firmes en mi vida cayeron; me sentí utilizado; aprendí a escuchar el tedioso silencio del teléfono móvil durante largos días,… Tantas cosas acontecieron, que me llevaron a modelar la forma de mi culo en el sofá. Pero el denso nubarrón que durante mucho tiempo no me permitió ver nada, se ha ido despejando: atrás queda pegar miércoles sí, miércoles no, en el 5º F para vaciar el alma y recomponer el puzzle de mi vida; las noches vacías e interminables se han ido agotando, etc. Aún me quedan por colocar algunas piezas pero ya le veo color a mi vida: comienzo a respirar un aire diferente, mis ojos vuelven a tener brillo, soy capaz de sonreír, de buscar una mirada que tenga reciprocidad, de soñar... e incluso miro al futuro con ilusión.

Hubo momentos que pretendí eliminar el pasado, tenía tanto peso que no me dejaba avanzar. Hoy no tengo ganas de borrar el pasado, ya que considero necesario conservarlo porque he aprendido mucho de él, y en cierta medida, este impulso que ahora llevan mis días se lo debo a él.

Me ha costado mucho aceptar que los amigos en la vida están de paso. Y no hay nada firme en lo que respecta a la amistad. ¿Hay algo firme a los cuarenta y tres años? Tal vez sea síntoma de que las heridas están curadas. A los amigos que se han se ido seguro que algún día tendrán tiempo para la amistad y la vida nos da un nuevo billete para compartir otro viaje, momentos, confidencias, cenas… juntos; pero cuando mi alma estaba por debajo de la capa freática de la moral llegaron otros amigos y me dieron lo más básico, lo más simple, lo más sencillo: su amistad con los brazos abiertos. Gracias, chicos, por aceptarme plenamente en vuestro grupo. ¡Menudo cuarteto formamos!

Las persona que tengo en mi entorno más inmediato saben que mi ciudad, Marbella, es territorio yermo para mí, cada vez percibo con mayor urgencia la necesidad de irme a vivir a un sitio nuevo y que, cuando venda una secuela del pasado pondré tierra de por medio.

La palabra Canadá no esta borrada por completo de mi mente. Y no es un capricho: necesito de nuevos aires para poder seguir avanzando en la vida.

Os seguiré contando.

© Miguel Urda

5/02/2010

Facturas

-¿Y cree usted que es malo practicar sexo por téfono? -pregunta el psicòlogo.
-No tendría nada malo sino fuese porque mis facturas de móvil son muy elevadas y mi mujer trabaja en un 806.


© Miguel Urda

4/28/2010

La reina de mi vida


¡Pero cómo me haces esto! Qué llevo una semana detrás de ella, que si un café, que si un ramo de flores, un sms cada hora. Por fin consigo convencerla para cenar y tú vas y me haces esto.

Eres muy egoísta. ¿Lo sabías? No piensas en mí ni un minuto, que digo minuto, ni un segundo. Tú a tu libre antojo, como siempre has ido.

¡Coño! Que me desvivo en atenciones contigo. ¿O no es verdad?

Compré un espejo que coloqué a tu altura para poder verte mejor a la hora de nuestras charlas. Cada quince días le doy un repaso a la espesa melena que tienes a tu alrededor. Me gasto una fortuna en ti, no te cubro con cualquier cosa, -tu bien sabes que la cajita de seis globitos de textura súper suave son de importación y me cuesta cincuenta euros-. Nunca reparo en calidad para ti. Te visto con ropa toda de marca y algodón cien por cien para que tú estés bien cómoda. Cuando llega tu hora de evacuar me siento para que no te esfuerces demasiado y no te canses. Dime tú si no te trato bien. Y, no lo entiendo de verdad, ¡cómo me haces esto!

Sí, sí, de acuerdo. Te he metido en cada agujerito que... pero no es cuestión de echar los reproches en cara ahora cuando más te necesito. ¿Sabes cómo vas a dejar mi moral y lo que es peor mi reputación? Podías haberme dicho algo antes e incuso podíamos haber negociado los momentos donde tú tienes que actuar.

¡Coño que me queda una semana para cumplir los cuarenta años! ¡Cómo me haces esto! No es justo, tú lo sabes. ¿Te has parado a pensar lo que dirán de mí si no doy la talla? Si, si te lo digo a ti, que estas flácida total. ¡Eres una caprichosa! cuando te da la gana vas y te levantas pero en cierta manera la culpa es mía por mimarte demasiado. ¿No te acuerdas el apuro que me hiciste pasar en el concesionario de coches? Tu allí dejándote notar bajo el pantalón de lino blanco. Que te apetecía, te apetecía mostrarte. Claro, porque tú no vistes la cara que puso la vendedora. Creo que depravado fue la opinión más suave que tuvo de mí.

Y qué me dices del día que fuimos a la playa nudista; con mi hermano, la mujer y los niños te dio por mostrar tu descomunal tamaño todo el tiempo y no me dejastes levantarme de la toalla. No te vayas a creer que eso se me ha olvidado.

Y es que yo no entiendo por que se te ocurre crecer así sin motivo aparente cuando se te antoja. No hay un dios que te baje y para que estés contenta ¿yo que te hago?, cumplo tus deseos porque para ti quiero lo mejor. Este dónde este busco un sitio para aliviarte. No te entiendo de verdad. ¿Cómo me haces esto?

¡Qué estas cansada de tanto ajetreo! Muy bonito, pero tú no tienes otra cosa que hacer, solo tienes dos funciones y sabes claramente cuales son, así que no hay protesta alguna que valga. Tú a cumplir como Dios manda las leyes naturales o sino me veré obligado a tomar medidas muy drásticas contigo y entre ellas pasa por tenerte levantada más tiempo del que tu quieras. Sí, si. Me refiero a lo de la pastillita azul, esa que tu tanto odias.

Así me gusta, que vayas subiendo, sigue, sigue, ¡si es que cuando quieres!, una regañina, unas caricias y como aumentas de tamaño. Eres era la reina de mi vida.
©Miguel Urda

4/24/2010

Silencio, la etiqueta me hace cosquillas


Perdóname mamá. No sé como ha sido o si yo he tenido algo de culpa. Sabes, me resulta difícil articular palabra y eso que lo intento.

Te voy a decir la verdad: le temía a este momento, encontrarnos frente a frente.

Aquí hace frío mamá, así que abróchate un poco la rebeca negra, no vayas a resfriarte. A partir de ahora tienes que cuidarte un poquito más por ti misma. Me preocupa ese gesto tan serio que tienes. Prefiero verte con algo de expresión, para poder interpretar tus sentimientos, así me das miedo. Solamente escucho tu fuerte respirar. Cuánto silencio hay aquí ¿verdad, mamá?

No sé como me verás, pero noto mi cara algo hinchada ¿Cómo me ves tú, mama? ¿Estoy guapa? La noche en que todo pasó si lo estaba. Me lo dijiste cuando salía de casa: “que guapa vas, Paloma. No vengas más tarde de las doce y ten cuidado, que la noche es más profunda y peligrosa que un abismo” “No te preocupes que lo tendré te respondí”. Siempre fui una niña responsable en todo.

Me gustaría contarte con todo detalle como sucedió, pero no quiero hacerte sufrir más. Bastante tienes con todo lo acontecido en estos días. Por cierto, mamá, he perdido la noción del tiempo ¿cuantos días han pasado? ¿Dos? ¿Tres? Me mata estar a expensas todo el día de la luz artificial de esta habitación.

Yo volvía para casa y no era muy tarde. Me había despedido de mi amiga Lourdes en la esquina, donde siempre lo hacíamos. No le tenía miedo a ese camino, estaba iluminado y nunca había pasado nada. Sí que me sorprendió que una voz familiar dijese mi nombre saliendo de la oscuridad y a esas horas de la noche. Me preocupó más que hubiese pasado algo en casa. Me dijo que no, que no pasaba nada, pero la migraña no le dejaba dormir y que iba a la farmacia de guardia a comprar algún remedio para intentar aplacarla. ¿Por qué no me acompañas y después nos vamos los dos juntos? No tuve porque sospechar de él y no me pareció nada malo acompañarlo, la farmacia no estaba muy lejos. Me fue preguntando si ya salía con algún chico, que no le parecía bien que yo fuese tan reservada, que podía contar con él para lo que quisiese, que le gustaba mucho el corte de pelo que me había hecho para el verano y que esa noche iba especialmente guapa.
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La farmacia a la que fuimos no era la que estaba de guardia miramos cual era la próxima y nos dirigimos a ella. Él continuo hablando sobre mí: de la felicidad que yo emanaba; de lo contento que se había puesto al saber que había aprobado los exámenes de junio. Íbamos tan ensimismados en la conversación que no percibí que nos habíamos desviado de nuestro camino. No vi nada extraño en ningún momento, solo al final, porque todo fue tan de repente. Oye, ¡que por aquí no es le dije! Sí, sí es por aquí. A lo cual me agarró del brazo y me obligo a caminar por donde él decía. Las luces del pueblo habían perdido intensidad. Yo protesté, mamá. Quise volver, dar marcha atrás, pero apretó mi brazo, y con dura voz me dijo: ¡vamos! Estaba muy oscuro y pisábamos tierra y fue todo tan horrible, mamá, que no te voy a contar los detalles de lo que pasó.

Por tus gestos puedo ver que te estarás haciendo reproches por haberte enamorado de un hombre así. Pero no te preocupes, mamá, tú no tienes culpa. Mi juventud no me ha permitido conocerlo muy profundamente, pero por lo poquito que sé y por lo que dicen el amor es ciego. ¿Por qué no me cuentas que pasó después? ¿Al ver que yo no llegaba a casa? Me gustaría saber si lo han encontrado ¿Crees que lo tenía todo planeado? Ahora entiendo muchos de sus comentarios, de sus bonitas, y lo que parecían, espontáneas palabras: eres más linda que el cielo; eres la esencia de mi vida.

Mamá, me gustaría escuchar tu voz. Me impone tu silencio. Por favor, di algo: llora, grita, ríe a carcajadas pero, di algo mamá. Ha sido un golpe muy duro, pero no sé para quién ha sido más doloroso, si para ti o para mí.

Lo prefiero así, mamá. No importa que llores, mamá, no importa. Llora, deja que aflore tu rabia a través de las lágrimas.

¿Qué cosas estarán pasando por tu cabeza, mamá? Tengo curiosidad por saber que pasó después. Pero no creo que ahora estés preparada para contármelo. Quizás cuando veas las cosas con algo más de sosiego, podrás hablame de ello. Ha sido un duro golpe para las dos.

Me gustaría pedirte un último favor, mamá. ¿Podrías mover un poquito la etiqueta que cuelga del dedo gordo de mi pie izquierdo? Me está haciendo cosquillas.
© Miguel Urda

4/20/2010

Demasiado amor. 2ª parte


Una tarde, su mujer llegó con ganas de discutir, lo supo nada más verla entrar en casa.

- Que si no hacía nada, que si todo el día en el sofá, que por lo menos podía hacer la comida, limpiar un poco la casa, que se estaba cansando de esta situación, que parecía querer más a la televisión que a ella…

-Tienes razón, cariño, tienes razón. Desde mañana preparo yo la comida. –alegó él rápidamente con la idea de que le dejase tranquilo para poder ver el programa homenaje a las víctimas de la intoxicación etílica al haber comprado Orujo en mal estado de las monjitas de la Orden de la Luz.

Inmerso en la pelea de dos protagonistas de Gran Hermano, se le olvidó preparar el almuerzo. Menos mal que el programa de Karlos Arguiñano llegaría en unos minutos y haría la receta de la semana.

Su mujer no quiso comprender que si no había besugos en la nevera, difícilmente podía hacer la receta que había cocinado el fantástico chef vasco. Ella se marchó dando un portazo y sin comer. Él, mientras cambiaba de canal y cómodamente sentado en su sofá terminó, los restos de la pizza de pepperoni de la noche anterior.

El fin de semana fue intenso en discusiones y reproches por parte de su mujer: que si no buscas trabajo, que si no llamas a nadie, que si te podías afeitar, que tienes descuidados a tus amigos, que si el sofá es parte de ti, que la tenía muy cansada y muy harta de la situación; que no le daría ni una oportunidad más…

–Sí, cariño, sí, tienes razón –le dijo él- He estado un poco descuidado, pero, entiéndeme, es la situación. No tengo ganas de nada. Te prometo que el lunes vuelvo a la búsqueda de trabajo.

Y ahí estaba, el lunes, vestido con traje azul impecable, (que tras una intensa exploración en su escaso guardarropa intentaba emular a los modelos del último anuncio que avisaban de la llegada de la primavera), afeitado, duchado y listo para comerse el mundo en la búsqueda de trabajo. Mientras terminaba de pie el café, miró de reojo la pantalla: no se lo podía creer, parecía que le estaba llamando la televisión, pero, no, estaba emitiendo un reportaje sobre el último premio Nobel y su trabajo, basado en el estudio de la homosexualidad en los dinosaurios de la etapa pleistoceno. El sofá lo abrazó, sabía cual era su postura favorita, aunque tenía tanto ensimismamiento con las 625 líneas que no lo apreció.

El viernes noche estaba tan absorto en un interesantísimo programa debate sobre si era necesario modificar la Constitución a causa de la diferencia de estatura entre el Príncipe Felipe y la princesa Letizia que no se dio cuenta que su mujer con maleta en mano, le dijo: “No aguanto más, adiós”.

Al tercer día fue cuando echó a su mujer en falta, lo cual supuso una satisfacción, pues hizo del sofá y la televisión su hábitat natural. Allí ingería la comida que encargaba a todos los tele-algo; el pijama de Snoopy jugando al futbol pasó a formar parte de su piel; el suelo parecía una alfombra hecha a base de latas de cerveza.

A veces notaba que el sofá le acariciaba y la televisión le sonreía. Él llegó a entender lo que era la felicidad.

© Miguel Urda